viernes, 20 de marzo de 2020

El mono amigo de las dos amigas

Me satisface haber vivido esta historia tan de cerca... ¡Qué demonios! me enorgullece haber sido el jodido protagonista de la misma. Les contaré la historia como si nunca hubiera estado ahí.

La más pequeña, Ada, estaba a punto de cumplir dos años. Risueña. Jovial. Siempre alegre. Sin embargo, ese era su primer viaje en avión y los nervios la tenían atenazada a los brazos de su madre. La otra moza, Camille, estaría ya por los 4 años más o menos (disculpadme, nunca he sido muy bueno echando edades, y menos a niños...).

La madre de Ada ya estaba con las posaderas en su asiento y sostenía a su pequeñuela lo mejor que podía. Al lado estaba su padre leyendo un libro. El avión estaba casi lleno ya y Ada se revolvía enérgica y fácilmente irritable, no paraba quieta, un torbellino escapando de la calma, excitada ante la novedad y dueña inconsciente de sus propias emociones.

Pronto terminarían de embarcar los últimos pasajeros. Allá por el final del pasillo apareció Camille agarrada de la mano de su progenitora y a la que seguía su hermano mayor.  Los tres se sentaron en la fila justo delante de Ada y de sus padres.

Los ojos de Camille resplandecían como una estrella recién nacida. Dibujaban una alegre felicidad en el ambiente. Proyectaban ilusión y juventud.

El avión calentó motores y despegó.

Ya con la máquina voladora estabilizada, Camille comenzó a darse la vuelta en el asiento para observar cómo la pequeña Ada jugaba con los nervios de su madre para la desesperación también de su padre. De repente Camille alzó su puño y le dijo a la más pequeña: "Esto es para ti". La mamá de Ada levantó su mano, cogió el pequeño objeto y se lo dio a su hija.

Se trataba de un mono de plástico de apenas unos 4 cms. El primate era de color marrón brillante, tenía un plátano en su mano derecha y permanecía sonriente. Diríase que estaba feliz. En ese momento algo nació, es como si el cosmos de ambas muchachas se hubiera entremezclado dando lugar a una energía muy potente.

El mono se convirtió en el punto de unión de ambas jovenzuelas que, con la excusa del mismo, se lanzaban el juguete de una a otra riendo y pasando el tiempo de esta manera. Ada ya no estaba tan tensa y parecía haber sintonizado muy bien con su nueva amiga.

Con el tiempo, la madre de Camille y los padres de Ada comenzaron a conversar y se dieron en cuenta que incluso tenían muchas cosas en común. Pudieron charlar de viajes ya realizados, de otros anhelados, de las dificultades y satisfacciones de tener hijos, de diferentes lugares a descubrir en el lugar de destino y también de como pasarían esas Navidades en familia.

Mientras, las pequeñas jugaban juntas, ¿el mono? un mero espectador de esta nueva amistad. Silente, feliz. Silencioso y atento. Mudo pero pensativo. Impasible y curioso.

En un momento dado el objeto mágico se cayó a los pies de los desconocidos pasajeros de atrás. El vuelo continuó. Todos estaban casados. Trataron de dormir un poco.

Llegó el momento del aterrizaje. Todo fue muy rápido. Más de lo que suele ser habitual.

Era el turno de abandonar el avión de Camille, su hermano y su madre. La niña no quería irse sin encontrar al mono que habían perdido antes. Luchó por buscarlo pero había mucha gente y su madre le apremió para salir. Lo hizo obediente, no sin antes dar un abrazo a la que sería para siempre su amiga Ada, aunque nunca más volverían a verse.

Debo decirles que vivo desde entonces en la habitación de la niña de dos años (ahora seis). El padre de la pequeña Ada me buscó y encontró antes de salir del avión y me guardó en su mochila. Desde ese día vive dentro de mí una energía especial, una creada por estas dos niñas aquel día.

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