viernes, 23 de febrero de 2024

Quién lo iba a decir...

Posiblemente el presentador más exitoso de la televisión. Se cumplían ya 7 años de emisión del concurso más visto de la cadena y el segundo de toda la parrilla televisiva del país. Eugenio comenzó su carrera simplemente siendo simpático y bastante gracioso, agradable y ocurrente. Empezó como tertuliano en programas del corazón tras ejercer una época como becario en los informativos de la cadena estatal pública. Curioso giro del destino.

Hace tiempo le llegó la gran oferta: ser presentador de un importante concurso que ya llevaba emitiéndose 12 años. Todo un reto, y es que el anterior presentador era una persona muy querida por el gran público, pero también por sus compañeros de realización. Rápidamente Eugenio cuajó en la audiencia convirtiéndose en una persona muy querida cada tarde, sus compañeros de profesión también estaban encantados con el relevo. No le hizo falta forzar nada, simplemente fue él, lo que siempre había hecho toda su vida.

Un showman en toda regla. Y es que cuando uno disfruta con lo que hace, las cosas salen solas. Una bienvenida enérgica y particular al principio del programa, un chiste apropiado siempre en el momento preciso, un estilo ágil y fresco en general, una sonrisa en la cara en todo momento, una escucha y atención especial a cada concursante y una mirada cautivadora a la cámara (además era guapo el jodido) eran sus señas de identidad.

La gente podría decir que Eugenio era un tío feliz hasta las vísceras, no podría ser de otra manera. A sus 40 años seguro que estaría con una preciosa mujer (que sería actriz o deportista) y un retoño de unos 4 años, por ejemplo. Viviría en una casa grande a las afueras de Madrid. Acudiría frecuentemente a muchas fiestas de "salseo televisivo". Viajaría por placer unas tres veces por año. Por no hablar de los dos cochazos que tendría acunados en el garaje.

Pero no. 

La imagen pública de Eugenio era todo fachada. Vivía en un apartamento bastante grande y bonito, la verdad es que eso sí. Estaba soltero sin hijos. Vapuleado de una relación a otra sin pena ni gloria, nadie encajaba con él a largo plazo. Y no, no iba a fiestas. No le gustaba el postureo que ya de por sí tenía que soportar cada vez que iba a la cadena a grabar. Día tras día la misma falsedad de siempre.

Y es que el mundo aparente no es el mundo real en muchas ocasiones, en demasiadas. Lo que se fabrica en la imaginación no guarda relación con una realidad que huye por escapar y ansía agarrarse a esa imaginación que vive entre paredes de cristal. Corre y corre en esa dirección pero nunca llega a tiempo.

Realmente Eugenio era una persona triste y apagada en el apartado privado. ¡Cualquiera lo diría! 

Se levantaba a las 7.30 de la mañana. Tomaba un café con leche.

Cogía el coche para ir al estudio y grabar durante 5 horas.

Comía, tarde, generalmente una ensalada y un pescado o filete a la plancha. Flan y café largo.

Dormía una siesta de 30 minutos.

Leía o veía alguna serie hasta media tarde.

Iba al gimnasio un rato sin entablar demasiada conversación con la gente que acudía al mismo. 

Una o dos copas de Beronia (siempre el mismo vino).

Cena.

A la cama.

Así el 85% de los días. Lo malo no era lo que hacía, sino que era una persona solitaria. Y no de esas que eligen serlo, sino de esas que no lo desean. No encontraba la chica adecuada, quizás es que era demasiado exigente, decían algunas de las pocas amistades que aún conservaba. Tampoco era una persona especialmente sociable. Y de familia en plan padres, hermanos, primos etc, pues lo justo. Tenía un hermano que vivía en Buenos Aires y unos padres que no se movían de su casa prácticamente.

Eugenio era muy bueno mostrándose como un presentador totalmente empático con los concursantes. Sufría cada premio perdido como si le hubiera ocurrido a él mismo, casi derramaba lágrimas de tristeza. Esa conexión la notaban los espectadores en su casa, viajaba del plató hacia las casas de todos y cada uno de ellos. Por otro lado, se alegraba de manera enfervorecida de los grandes premios ganados por los participantes del concurso. Tal emoción viajaba igualmente a través del espacio y por medio de la televisión se asentaba en miles de hogares.

Todo era falso.

Eugenio hacía un papel, sabía hacerlo muy bien. Sus estudios de interpretación cursados 15 años atrás fueron realmente muy útiles. Eugenio siempre se sintió más un actor que un presentador. En muchas ocasiones, como es la que os relato, ambas profesiones son casi un sinónimo.

Su mente era un desorden in crescendo (casi tanto como este discurso). Poco a poco tornó en depresión. Y la depresión llevó al drama. Y ese día todo pasó bastante rápido.

Llegó el día.

Apareció en el plató, como una mañana más. Comenzó la grabación. Como una mañana más. Miró a cámara y dio la bienvenida a los telespectadores. No precisamente como una mañana más...

- ¡¡¡Buenas tardes queridos amigos!!! Hoy es un día especial para mí. Uno de esos días en los que quiero comerme el mundo, pero lo cierto es que el mundo me va a comer a mi. Os puedo asegurar que vengo preparado para llevaros en una montaña rusa camino al infierno.

El director del programa escuchó esas palabras y se quedó pálido en cuestión de segundos. Sudaba. De repente bajó la cabeza y se le cayeron las gafas al suelo. Sabía que algo no iba a ir bien.

Eugenio miró entonces a la cámara con el piloto rojo y dijo:

- Pequeños hijos de la gran puta. ¿Sabéis qué? Creo que ya estáis en el jodido infierno donde os purgaréis hasta morir una y cien veces más.

Sacó una pistola, apuntó a su sien y se descerrajó un tiro. Cayó al suelo a plomo. 17 segundos después cortaron la emisión. 

Soy el único cinturón que usaba Eugenio. Todo esto que os acabo de relatar lo viví de cerca. Cuando lo llevaron a la morgue y le desnudaron a mi me metieron en una caja con el resto de su ropa y algunos objetos más. Desde entonces vivo en su trastero. Han pasado tres meses y sigue en venta.

Yo sé lo que le pasó a este chico, antes os lo he avanzado ya. ¿Hace falta que os lo repita? Venga va, tengo buen día y no me importa hablar de ello, al fin y al cabo tengo todo el tiempo del mundo metido aquí. 

Era un tío solitario, pero él no eligió serlo. La soledad, o la amas porque la eliges y no quieres dejarla escapar; o todo lo contrario, te la comes cada día aunque no la quieras. Eugenio tenia una imagen, jovial y dinámica, televisiva y superficial, pero su interior caminaba por otro camino. 

Si ya lo dijo Mark Twain: "La peor soledad es encontrarse incómodo con uno mismo”.

Por cierto, ahora mismo un vecino por aquí abajo ha puesto el tema "Lonely Day" de System Of a Down. Conocéis esa canción, ¿verdad?

domingo, 10 de diciembre de 2023

Cuestión de paciencia

Y se dejó llevar.

Vagando por una ciudad que no era la suya apenas acertaba a caminar unos débiles pasos seguidos sin que algunos pensamientos le perturbaran. Le costaba dejarse llevar por el nuevo entorno aun tratando de dejar sellada la puerta de su mente al pasado. Ideas, recuerdos, reflexiones e imágenes le asaltaban, trepaban por una maraña de hiedra y siempre llegaban a lo alto del muro. Y con esa dificultad para romper con su propia alma, esa que le atormentaba sin quererlo, caminó y caminó durante horas por el centro de esa desconocida localidad para él. Paso errante y meditabundo al mismo tiempo.

Los copos de nieve le caían amistosamente en la cabeza. Hacía frío. Por suerte, iba bien protegido con unos caros guantes de piel y un buen abrigo que le había regalado ella en su quinto aniversario. 

Ella.

Quien se fue sin aviso. 

Sin permiso. 

Porque el devenir de la vida lo quiso y así tenía que ser.

Decidió calentarse un poco tomando un café con leche en una cafetería que le había llamado la atención. Una de esas que parece anclada en los años 30. Nada más entrar y abrir la puerta del local el calor le invadió la cara, la única zona de su cuerpo descubierta al exterior. Se dirigió a una pequeña mesa que estaba libre situada en la esquina de la sala.

Muchas veces en la vida hay conexiones. Y fue lo que sintió en ese momento. Porque su mente estaba en el pasado y porque ese local era el pasado. El suelo era de baldosa estilo tablero de ajedrez. La barra era de un color marfil fino, de mármol, pesada. Lámparas de techo clásicas. Un camarero con camisa blanca y pajarita. Aroma de café recién molido. Sensación de un pasado que inunda un presente y se resiste a formar parte del ayer. Como sus pensamientos.

Y en ese pasado denso, inquieto y bien filtrado estuvo aproximadamente 45 minutos. La mirada perdida y un ligero olor a incienso recién prendido no le dejaron darse cuenta de algo durante unos minutos. Pero al levantar la vista la vio. 

Tenía el cabello castaño, largo y encoletado, como de haber dedicado poco tiempo a prepararse.

Unos ojos a juego con su pelo que brillaban desde la otra punta del local. 

Una cara amigable, no especialmente guapa pero con unas facciones sencillas y bien definidas.

La mirada decidida aunque absorta.

Un atuendo simple pero elegante, con estilo de un invierno que llega tímido pero con ganas.

Una pose que destilaba estilo e introspección.

Y un café con leche en su mesa también.

Cuando ella levantó la mirada y acertó a ver los ojos de él fijados detenidamente sobre los suyos puso cierta cara de estupor, pero un estupor leve, tímido y con pocas ganar de exaltarse. Más diría de sorpresa. Sus ojos volvieron al café.

Y así pasaron cerca de 30 minutos. Un juego de miradas que no tenía fin. Porque cuando unos ojos buscaban los otros, estos se desviaban y volvían para captar los primeros y entonces estos mantenían la mirada un par de segundos para perderse de nuevo en el vacío. 

Ninguno tomaba la iniciativa, se divertían jugando a buscarse y encontrarse con la mirada como dos quinceañeros.

En la vida hay momentos mágicos que se rompen de manera imprevista, normalmente suele ser así. Y es que en uno de esos instantes de te miro y me miras, él cogió su teléfono en uno de mis bolsillos para mirar la hora, lo guardó de nuevo y levantó la vista de nuevo. Pero ella ya no estaba.

Él pasó esa tarde dando vueltas y vueltas por la ciudad hasta que se hizo de noche. Vagando como algún personaje enamorado de "Leyendas" de Bécquer o el mismísimo Augusto Pérez, el protagonista de "Niebla" de Unamuno. Caminaba enredado como una serpiente pero lento como una lombriz. Frustrado como una tortuga e impaciente como un gato.

Se instaló en un pequeño piso a las afueras y se quedó a vivir en esa ciudad.

Cada martes a la misma hora solían verse en la misma cafetería durante aproximadamente una hora. Cada uno en la misma mesa de siempre o alguna cercana. Nunca hablaban. Se miraban de igual manera que el primer día. Pero sin acercarse ni hablar. En ocasiones era él el que se levantaba y se marchaba y en ocasiones era ella. La segunda vez fue él, por aquello del orgullo, esa cosita infantil que todos tenemos dentro en mayor o menor medida y que tantos problemas de comunicación y afecto genera.

Fueron cinco martes. El sexto fue diferente.

Mismo sitio. Misma hora. Pero ella no aparecía. Él se comenzó a impacientar. Esto no era normal, ella era muy puntual siempre. Fueron dos horas de espera.

Y la impaciencia se tornó en resignación.

No tenía sentido seguir esperando. Me recogió de la silla, me puso sobre él y salió de la cafetería. Hacía frío y no se puede ir por ahí sin abrigo así como así. Ya solo faltaba que cogiera un resfriado...

Caminó en dirección a su casa enfadado consigo mismo y haciéndose preguntas. ¿Cómo era posible que se hubiera encaprichado así como un niño? ¿Por qué nunca tuvo la iniciativa de hablar con ella? Fueron cinco oportunidades diferentes las que tuvo. Pero nunca tuvo valor. Supongo que lo que sentía en la distancia era tan fuerte y especial que estaba temeroso de recibir una respuesta negativa.

Apenas dobló la esquina para entrar en el portal de su casa, la vio. Allí estaba ella. ¿Esperándole? ¿O era casualidad? Le miraba fijamente. Él, cuyo paso había parado de golpe al verla en la puerta de su casa, comenzó a andar de nuevo hacia ella. Un paso, dos, tres, cuatro. Y así hasta diecisiete.

- Bueno, creo que ya era hora, ¿no? - dijo ella sonriendo.

Él no acertó a responder. 

Simplemente disfrutó el momento

Se acercó más a ella.

Se besaron.

Se abrazaron.

Disfrutaron el momento.

miércoles, 23 de agosto de 2023

Soy lo que mueve el mundo

Vivimos en un planeta donde reina la ambición, el egoísmo y el poder

Según la RAE:

Ambición: "Deseo ardiente de conseguir algo, especialmente poder, riquezas, dignidades o fama."

Egoísmo: "Inmoderado y excesivo amor a sí mismo, que hace atender desmedidamente al propio interés, sin cuidarse del de los demás."

Poder: "Tener más fuerza que alguien, vencerlo luchando cuerpo a cuerpo."

Yo soy lo que mueve el mundo, el maldito dinero (luego les concretaré un poco mi existencia). Y tengo la poca vergüenza de tildarme con tal adjetivo sin rubor, no me importa. Cuando la realidad es la que es, soportada con tantos hechos a lo largo de tantos miles de años, poco debo sonrojarme al respecto.

Sí, el mundo se mueve por ambición, egoísmo y poder. Tres términos que se revuelcan juntos en una masa de barro sucia, cruel y despreocupada.

La religión siempre ha tenido como excusa ciertos principios morales basados en sus propias doctrinas para hacer la guerra. ¿La realidad? El dinero. Siempre fue relativamente fácil engañar a los fieles haciéndoles creer que es Dios quien ordena y que, nosotros los mortales, debemos seguir su mandato. Sí, claro, para que unos pocos se llenen los bolsillos.

La política, tres cuartos de lo mismo. Dame poder, y a más poder, dame más dinero. Nada más importa. No se crean nada de esta gente. Yo no les doy credibilidad. Siempre ha sido así a lo largo de toda la historia. De hecho, las actuales grescas entre políticos son el fruto por ejemplo del Senado de la República romana. Nada ha cambiado, la oratoria, la persuasión y la negociación reinan en esté área.

Innumerables guerras entre imperios o países a lo largo de toda la humanidad. Nunca se tiene suficiente, siempre se quiere más. ¿Cómo es posible que un gran imperio con una gran extensión de tierra, tierras y popularidad quiera seguir expandiéndose más y más? Romanos, mongoles, persas, británicos, españoles y nazis, por ejemplo, nos han demostrado que el afán humano por crecer espacialmente y acumular poder no tiene límites.

Supongo que esto de la expansion territorial es algo innato en el ser humano desde el origen de la humanidad. Me gustaría ligarlo al descubrimiento, a la curiosidad, al conocimiento; pero mucho me temo que siempre va relacionado a buscar nuevas maneras de hacerse rico (en forma de recursos minerales, por ejemplo). Ahora la conquista es Marte, porque supongo que nuestro planeta ya se nos ha quedado pequeñito.

Eso sí, por aquí seguimos tratando de amasar dinero de manera ilegal en muchas ocasiones. ¿Sabéis cuales son las tres actividades del crimen organizado que recaudan más dinero en el mundo en este momento? 

En primer lugar, el tráfico de drogas. Fundamentalmente se produce en los países pobres y se exporta a EE.UU y Europa, es decir, a los ricos. Curioso. Desde la explosión del narcotráfico en Occidente con los cambios culturales de los años 60, ninguna estrategia política ha dado resultados reales para combatirlo. O quizás no ha interesado en muchas ocasiones, pero bueno, ese es otro melón que podemos abrir en otro momento.

En segundo lugar, la falsificación de productos. La Organización Mundial de Aduanas calcula que estos productos conforman entre el 5% y el 7% del comercio global. Productos textiles, perfumes, juguetes, medicamentos...

En tercer lugar, la trata de personas. La esclavitud del siglo XXI. Definida por la RAE como la "captación, transporte, traslado, acogida o recepción de personas, recurriendo a la amenaza o al uso de la fuerza u otras formas de coacción, al rapto, al fraude, al engaño, al abuso de poder o de una situación de vulnerabilidad o a la concesión o recepción de pagos o beneficios para obtener el consentimiento de una persona que tenga autoridad sobre otra, con fines de explotación. La explotación puede consistir, como mínimo, en la explotación de la prostitución ajena u otras formas de explotación sexual, los trabajos o servicios forzados, la esclavitud o las prácticas análogas a la esclavitud, la servidumbre o la extracción de órganos."

Todo lo anterior visto a gran escala. Pero podríamos hablar largo rato de lo despreciables que sóis a pequeña escala cada uno de vosotros a causa del parné. Y de cómo el consumismo os tiene totalmente obnibulados, o mejor dicho, gilipollas perdidos.

Éste que les habla, un billete de 5€, tiene envidia, mucha envidia. Me gustaría ser uno de esos petulantes billetes de 100€ pero debo conformarme con cómo vine al mundo. Y es que rodeando al dinero hay mucha envidia, pero también mucho egoísmo, codicia, avaricia y ambición. Yo mismamente soy un ejemplo claro. Apesto.

viernes, 21 de julio de 2023

Juntos en el más allá

Egoitz era un chaval de 27 años dedicado a su gente; primero ellos siempre, luego él. Vasco natural de Durango afincado en Asturias. Un chico normal. Aficionado al ajedrez, seguidor de Reincidentes, amante de la cerveza, practicante de senderismo a medio nivel, amante de la ilustración y diseñador gráfico de profesión. Un poco susceptible y gilipollas a veces cuando estaba algo borracho y bastante brusco al hablar; pero bueno, que nadie es perfecto, ¿no?

Una tarde de sábado a las 17.33 horas un Citroën Xsara Picasso de la Policía Nacional a 100 km/h se lo llevó por delante en el cruce de la calle Leopoldo Calvo Sotelo con la calle de Llamaquique de la ciudad de Oviedo. Salío volando 12 metros y su cabeza impactó contra una marquesina de autobús. Muerto en el acto.

De esto hace hoy exactamente 5 años. Son las 17.00 horas de un domingo cualquiera de agosto de 2023. Amaia está sentada en su sillón de mimbre de la salita de estar totalmente en silencio. Es un nuevo aniversario de la muerte de su hijo. Hoy se levantó a las 8.00 horas, lloró mucho en el cementerio a las 9.30 horas y se metió en la cama desde las 11.00 horas hasta las 15.00 horas. Vacía. Sola. Aletargada. Con el corazón ido y perdido en otra dimensión.

Apenas dos semanas después del accidente en el que se nos fue Egoitz llegaron las discusiones con su marido. El dolor se tornó en desastre y odio. La convivencia se volvió en algo inaguantable. El amor se apagó en un estanque seco. Las culpas eran cuchillos medio afilados al inicio de las discusiones y puñales sedientos de sangre pasados los minutos. Finalmente, el matrimonio se rompió y cada uno hicieron sus vidas por separado.

A estas alturas del relato debo decirles que soy el paragüas que Amaia regaló a Egoitz por su 14 cumpleaños y que éste nunca llegó a usar porque no le gustaba usar este tipo de artilugios. Estoy aquí en una esquina de la sala desde entonces. Y desde aquí veo, siento, lloro y acompaño a la tristeza que embarga a esta casa día tras día.

Porque la vida pega muchas vueltas. Y es que la felicidad puede mutar en crisis y ésta ponerse de color morado enfermo. Y luego morir. Cuando una felicidad muere, cuesta que vuelva a respirar.

He visto llorar a Amaia cada día de estos 5 años. Sí, joder, cada puto día de estos indeseables 5 años. Yo no lo soporto más, perdonad si hablo mal pero esto es duro. Vivo con ella, aunque ella no sabe que estoy aquí observando, sintiendo, añorando de alguna manera a ese chaval también casi tanto como ella. Esto es muy doloroso.

Recuerdo el día del cumple cuando me regaló a su hijo. Egoitz había abierto ya varios regalos contento fuera de sí. Entonces llegué yo. Fui el peor de todos para él. El muy cabrón me tiró a una esquina de la sala. Y desde entonces ahí sigo. Sí, ya sé que suena surrealista, pero es que no me han movido desde entonces. Verídico.

Volvamos al momento. Hoy es el aniversario de la muerte de Egoitz. Amaia acaba de levantarse de su sillón y se ha dirigido a la habitación del chico. Ha cerrado la puerta. Pasan unos cinco minutos y se oye lo que yo me temía. Suena "Un día más" de Reincidentes. Lo canta Fernando Madina Pepper.

Sed, llega el anochecerDinero o placerTodo a distorsionar.Más, reírme sin pararLlegar donde tú estásNo hay mucho por hacer.

Amaia sale de la habitación del chico y acaba de sentarse en su sillón de mimbre de nuevo. Amaia se fuma un cigarro. Amaia saca algo del bolsillo de su bata, lo tenía ahí desde la mañana. Se trata de un bote de pastillas. Lo vierte en su boca. Amaia cierra los ojos, trata de recordar momentos felices del pasado sin saber cuánto tiempo debe estar así hasta irse. 

Yo seguiré aquí, hasta que alguien venga a encontrase conmigo, recoja este paragüas y me tire a la basura. Y entonces yo muera también de alguna manera. Siempre pensé en el valor de todo lo que he vivido. Como dijo André Malraux: "La muerte sólo tiene importancia en la medida que nos hace reflexionar sobre el valor de la vida."

Creo que pronto, muy pronto, Egoitz, Amaia y yo estaremos juntos en el más allá.



viernes, 16 de junio de 2023

Cuando la mala suerte persigue a la buena

Una botella de vino rota en el suelo a escasos dos metros fue lo primero que vieron sus ojos cuando estos despertaron. Se encontraba boca abajo sobre la alfombra del salón. Un rayo de sol le daba directamente en la cara, lo que no impidió que pudiera ver que toda la zona en la que se encontraba estaba manchada de sangre. Le habían golpeado fuertemente en la cabeza y estaba atarantado. 

Trató de levantarse y sintió una punzada de dolor tremenda en la pierna. Se cayó al suelo. Pudo ponerse en pie de nuevo con dificultad, apoyarse en un costado del sofá y, dejándose caer, sentarse de mala manera en el mismo. La cabeza le daba vueltas sin parar y se le fue sola hacia atrás contra el respaldo. Seguía medio desmayado aún. De repente, sus ojos la vieron. Era Clara. Estaba postrada en el suelo a escasos metros de la puerta de la entrada. Sus ojos le miraban, o eso parecía. Él sentía cómo su mirada le traspasaba, le miraba llegando hasta la pared de atrás de sí tras cruzar sus ojos y atravesar su nuca; pero era una mirada vacía. Y es que su gran amor llevaba sin vida varias horas ya.

Maldita maleta de droga.

Una lágrima decidió que el suicidio terminaría consigo misma en ese momento y se desplazó por el conducto lagrimal hasta su mejilla, de ahí cayó hasta su mandíbula, para terminar muriendo en su camisa. Todo esto lentamente. Muy lentamente. Él sintió en ese mismo momento también que su vida  terminaba ahí mismo. 

De repente apareció una sombra al final del pasillo, apenas visible. Se estremeció, apenas podía moverse del sofá, estaba casi desmayado. Pensó que no tendría que poner fin a su vida porque en escasos minutos quienquiera que fuese el que había visitado su casa la noche anterior terminaría con él en ese momento. Maldita maleta de droga.

-¿Papá? - escuchó. Era un tono asustado, aterrado, en un fino hilo de voz...

- Cari... Y paró en seco la palabra. Regurgitó y expulsó bastante sangre por la boca. Tosió y echo más líquido pintado con hemoglobina. Era posible que en la paliza le hubieran dañado los pulmones, o quizás el estomágo...

Pasaron unos segundos y pudo articular palabra. Pero antes pensó: maldita maleta de droga.

- Eres muy valiente campeón. Sergio, tienes que ayudar a papá, ¿vale? Busca mi teléfono...

- Papá, ¿por qué mamá tiene así el cuello de sangre y no se mueve? Tengo mucho miedo. ¿Qué pasa? ¿Ha venido un monstruo a asustarnos?

- Sergio, vida, tienes que encontrar mi teléfono cariño. ¿Ayudas a papá a encontrarlo?

Ya nada le importaba. Y da igual que siga contando cómo acabó esta historia. ¿Y sabéis por qué? Porque todo daba igual ya, si a él ya nada le importó en su vida desde ese día, ¿por qué debe importarnos a nosotros? Carla se había ido de su lado para siempre por su culpa. El auténtico amor de su vida. Su segunda pareja importante (llegarían otras dos) y la que recordaría como la más pura, verdadera y auténtica en el lecho de muerte al final de su vida.

Maldita maleta de droga.

Voy a contaros por qué pasó lo que pasó, el camino de ida de un infortunio que se sintió aterrado, el comienzo de una historia con final agrio pero realista al tiempo.

Él había cumplido 32 años y terminaba de salir de una relación de esas que podríamos denominar como turbulentas. Insanas, absurdas e imposibles. Y curiosamente, fácilmente olvidables. Digamos que el día que la conoció ella ya era cenizas. A la semana conocio a Carla. Fue en una gasolinera. Ambos echando gasolina al mismo tiempo. El miraba su culo sin que ella se diera cuenta. Y su Seat hacía lo mismo con el de ella justo delante. De repente la chica se dio la vuelta y le miró. Le pilló mirando su trasero, claro.

- Me has cazado, ¿no? - dijo poniéndose algo rojo.

- Lo he notado desde hace rato chaval, no te rayes - contestó sonriendo.

Ella terminó antes, fue adentro del local a pagar, volvió y le dejó un papel en el asiento del conductor. Volvió a su coche, arrancó y se fue.

Él no pudo esperar y salió corriendo hacía su coche en ese momento. La chica le había encantado y se quedó flipado con lo que había hecho. Cogió el papel y leyó:

--- Si tantos cojones tienes para mirarme así, a ver si los tienes para contactarme mañana, que nos veamos y mirarme igual, pero a la cara. Bombón. Mi telegram es @jess85_pow ---

Y ahí comenzó todo. Maldita maleta de droga.

La relación fluyó como fluyen los peces en el mar. Y da igual el mar y da igual el tipo de pez. Fluyen. Siempre.

Sin embargo él se metió en un tema algo complicado para sacar un dinero rápido y fácil. Llevaba tiempo "joseando" calles con poco tema y se dijo, hagámoslo a lo grande. Y la buena reputación le llevó a casa de un búlgaro llamado Emil Antov. Y una conversación parecida a la de Tony Montana y Alejandro Sosa le llevó a una maleta de 15 kg de coca. Ya medio cortada, pero eso no lo vamos a explicar aquí, es irrelevante. El caso es que se llevó la maleta de malas maneras. Sin pagar. Esto tampoco lo vamos a explicar aquí, porque tuvo ayuda y fue algo caótico.


El asunto es que se las ingenió para huir y ahí se cocieron demasiados enemigos. Primero Antov, que se la tendría jurada y no iba a permitir que pasaran más de 72 horas sin cobrarse lo suyo; segundo sus dos colegas, dos yonkis a los que dejó tirados en cuanto pudo; y tercero un colombiano llamado Gabriel, el propietario real de la maleta.

Sí, la maldita maleta de droga. Y yo soy esa puta maleta que os habla desde hace rato. He vivido esta historia desde cerca desde el principio. El chico la verdad es que se lo hizo después bien y se escapó de la ciudad con Carla y su niño a 700 kilómetros de distancia sin dejar rastro.

Pero la mala suerte persigue a la buena.

Maldita maleta de droga.



domingo, 19 de febrero de 2023

Estamos a punto de quemarnos

Corre el año 1432 y nos encontramos en un pequeña aldea situada en Europa Central. En este momento nos rodean 257 personas ávidas de ver morir a esta chica a causa de la que quizás sea la peor de todas las muertes: la quema en la hoguera. 

Ha atardecido hace poco tiempo y llevamos ya cerca de 2 horas atadas a un poste de madera en la plaza central de esta villa. En todo este tiempo nos han estado tirando fruta podrida, heces y orines. Los insultos, a la que consideran una bruja, han sido constantes. Un niño meó en los pies de las chica hace un rato. Después, unas cinco personas han depositado varios leños y ramas secas a los pies de la joven alrededor del poste donde estamos atadas. Y dos de estas personas se han encargado también de impregnar de brea toda la zona.

Nada va a librar a esta moza de morir en el día de hoy. Yo, una cuerda que sujeta sus manos a un gran tronco de madera, estoy lista para arder también. Como lo hizo Juana de Arco tan solo un año antes.

¿Por qué todo esto? 

Incesto con su propio hermano. Falso: tan solo mantenían una relación muy cercana. Adoradora del Diablo.

Brebajes demoniacos encontrados en su casa. Falso: tan solo un tímido y aficionado acercamiento a la herbología para encontrar alguna fórmula que alejase la enfermedad de su madre de la muerte. Adoradora del Diablo.

Un símbolo del Demonio marcado en la puerta de casa. Falso: su niño de 4 años marcó inocentemente la entrada de la morada jugando con una piedra. Adoradora del Diablo.

Quizás tan solo una de estas tres cosas hubieran sido suficientes para enviarla a la hoguera. Sin embargo, los astros se alinearon para confirmar una triada difícil de descomponer. Demasiado complicado para explicar. No tuvo tiempo. No tuvo oportunidad. No tuvo perdón.

Ellos piensan que... No es una hechicera, es una bruja, el mal habita en ella y es necesario quemarla en la hoguera para purificar aquellas humildes tierras. Hay que expulsar a Satanás de la aldea.

La joven en la tarde de ayer fue desnudada y afeitada al completo (los lugareños comentaban que Lucifer se escondía entre sus cabellos), fue pinchada con agujas largas por todo su cuerpo (incluida su vagina) en busca de una marca del Diablo, fue violada para "investigar" su virginidad y fue apaleada hasta quebrársele algunos huesos.

Pero volvamos al momento presente. La manceba espera ahora su muerte. Dos mujeres de edad avanzada acaban de prender de fuego a unas antorchas y se dirigen a quemar los troncos impregnados de brea a los pies de la chica. Lo hacen a los ojos de todos los lugareños. Y se alejan.

La chica comienza a sentir cómo sube el asfixiante calor de abajo a arriba lentamente. Cada vez se hace más insoportable. En ese momento piensa en su hijo. Y piensa que esto le podría haber pasado a cualquier otra, pero que le tocó a ella. Quizás tuvo poco cuidado. Desea ante todo que esto pase rápido. Su piel se empieza a deshacer con el fuego. Grita. Quiere que todo pase rápidamente. Tras un rato de agonía, no es el ardor, no, es el monóxido de carbono el que la ahoga y la envía a descansar a otro mundo. Para siempre.

Siglos después de este triste acontecimiento, los historiadores contarán que en la Europa medieval un total de 40.000 personas fueron condenadas a muerte por brujería. El 80% fueron mujeres. La mayoría de los juicios previos tuvieron lugar en Alemania Occidental, Francia, Suiza y Escocia. Una de tantas locuras promovidas por las religiones. Una de tantísimas.

sábado, 11 de febrero de 2023

Instantes de soledad eterna

"La soledad es muy hermosa... cuando se tiene alguien a quien decírselo". Lo dijo el maestro Gustavo Adolfo Bécquer. Pienso la frase, la reflexiono hondamente, le doy mi propio significado y la interpreto muy suavemente, no vaya a ser que la dañe por equivocarme yo...

Esta mujer tiene 87 años, un esposo fallecido hace 3, una hermana que la dejó hace 17, un hijo que vive en Chile y no la habla desde hace 23, vecinos varios de esos de "hola y adiós", una casa de 57 metros cuadrados, una vida de sufrimiento alegre con tormento muy edulcorado, un presente de soledad y un futuro incierto. Ah, y una cafetera que la acompaña fielmente (aunque ella no lo sabe) y que le da por relataros este tipo de cosas un día tal como hoy.

La vida de Adelaida es sencilla. Vive sola en el barrio de Zabalgana de la ciudad de Vitoria. Cada mañana a eso de las 5 o 6 de la mañana se despierta. Comienza a rezar por aquellos que se fueron y ocuparon su vida. Se fueron, pero ella los reza igualmente. Luego con las primeras noticias de la mañana enciende el transistor de radio que tiene bajo la almohada y se entretiene un poco. A eso de las 8 se levanta, orina y se viste. Comienza la jornada.

Se desplaza a la cocina y allí nos vemos. No tomá café ya, sí descafeinado. Alguna vez se pela una manzana o una pera, depende del día. Adelaida se sienta después en su sillón, ese que aún tiene la forma de Antonio, y el olor, y los recuerdos, no se han ido... A media mañana baja a comprar el pan, algo de leche y lo que necesite ese día, y vuelve a casa. De camino, suele haber algún mozo que la ayuda si ve que va demasiado cargada. Entra en casa y se prepara un arroz, una tortilla francesa de dos huevos, unas verduritas, lo que sea. 

Luego se queda dormida en el sofá viendo las noticias, las de la 1, porque son "las de siempre" y ella es una mujer de costumbres tradicionales. Antes de pegar la cabezada añora tiempos pasados, piensa en Antonio, divaga por un camino de recuerdos plagado de rosas muy espinosas pero también de amapolas coloridas. Porque de todo hubo en su vida.

La tarde. A veces en la mesa del comedor juega a las cartas sola, una brisca o un chinchón como hacía antaño con su gran amor. En otras ocasiones, saca un parchís y juega una partida consigo misma. Y antes de cenar siempre pone ese concurso de la tele que tanto la entretiene. Digamos que las tardes de esta mujer se construyen a base de momentos lúdicos. No lee, no ve cine (si acaso alguna película de la tele los fines de semana).

A eso de las 9 de la noche se calienta un vaso de leche y moja unas 4 o 5 galletas en el mismo. Luego se va a la cama, no sin antes ponerse su camisón de flores o el de rayas, depende de lo que ordene la lavadora ese día. A Antonio le encantaba el de flores. A veces duerme rápido, otras veces no, solloza y deja caer alguna lágrima, y es que siempre fue una mujer sensible.

Esta es la vida de Adelaida. Así todos los días. Uno tras otro. 

Nadie es consciente de una soledad que la marchita pero que ella sabe aceptar valientemente.

Ahora mismo acaba de sonar el teléfono. Son las 21.35 horas ¿Quién será a estas horas de la noche? La anciana se levanta nerviosa de la cama camino al teléfono fijo que tiene en el salón, un objeto que no hace acto de presencia desde hace por lo menos 3 años. Adelaida llega casi jadeando a la sala y descuelga el auricular. ¿Quién es? - dice.

- Mamá, soy yo, Rafa, tu hijo.

Continuará...