sábado, 28 de noviembre de 2020

Y yo presente en medio de los dos...

La mano de Rafael acariciaba suave y dubitativamente la de Claudia, incluso con cierta con torpeza diría. De vez en cuando sus dedos llegaban un poco por casualidad hasta la pulsera de cuero que ella llevaba en su muñeca de manera perenne como un tatuaje. Ese objeto que él le regaló a ella hacía ya exactamente siete meses y que ella nunca se había quitado desde entonces.

El aspecto algo desgarbado de Rafael siempre fue su punto más atractivo para Claudia. Como también le gustaba su nariz algo aguileña, sus poco típicos ojos azules y los labios más bonitos que había visto en sus 34 años de vida. Ella, por su parte, era alta y guapa, y podía presumir de un brillante y largo pelo castaño que le caía hasta la mitad de la espalda.

Ambos se encontraban en la mesa del rincón de la misma cafetería de siempre. Siempre les gustó esa esquina; era su pequeño lugar para el cariño, las caricias, la complicidad. Pero esta vez era diferente. La tímida mirada de Rafael se cruzaba con la de Claudia como intentando mirar más allá, quizás buscando una tenue excusa tratando de evitar lo que estaba a punto de ocurrir. Y eso sin saberlo aún...

Se conocieron en la cola de un cine. Fue algo bastante casual y su afinidad por las novelas de Stephen King hizo que ese día acabaran hablando de todo menos de literatura. Y un mensaje de whatsapp a los tres días de la película se convirtió en una llamada, y una llamada se convirtió en unos vinos, y estos dieron lugar a una larga noche de sexo. El resto es historia, como se suele decir, una historia de 7 meses muy intentos.

Un tiempo en el que caminaron juntos junto al río Ródano en Lyon; rieron con el humor de Faemino y Cansado; fueron traviesos tirando huevos borrachos desde el balcón de la casa de Rafael; visionaron todas las películas de horror que pudieron (incluso las peores de serie Z); pasearon por el Retiro, los Jardines de Sabatini y El Capricho; se metieron mano en cualquier sitio medio escondido cuando nadie los veía; disfrutaron como niños planificando un viaje a Brasil que nunca se hizo efectivo...

También discutieron. Y mucho. Con toda esa intensa tempestad que el amor más complicado suele traer y esa calma que siempre termina por aparecer.

Presente en la escena de la cafetería se encuentra una pulsera. Silente. Temerosa. Contrariada. Tan solo escucha y presencia una escena incómoda:

- Te noto rara Claudia, dime qué pasa por tu cabeza, me tienes preocupado. No me hagas estar preguntando mucho tiempo por favor.

- La verdad es que no quiero dar muchas vueltas al tema. Si te he traído aquí es porque quiero comunicarte una decisión. Rafa, esto no va bien, yo no puedo más.

- Me temía algo así pero....

- Espera, déjame acabar. He hecho todo lo posible por ayudarte, pero tienes un problema y ese problema no puede ser mi problema.

- Llevo 5 días sin beber. Sabes el esfuerzo que estoy haciendo por nosotros, por nuestro futuro, por mi promesa. Sabes que te quiero. Por eso mismo no he probado una gota de alcohol en todos estos días. Por favor, dame una oportunidad. Me has hecho ver las cosas desde otro punto de vista, eres la única que me ha despertado. Y además...

- Rafa, se acabó. Esta mañana estuve en tu casa. Tengo una copia de las llaves aunque nunca te dije nada de ello. He visto una botella de Jack Daniel´s casi terminada justo encima de la mesa de la cocina. Deberías de tener prisa por beberla porque justo en el suelo te dejaste la bolsa y el ticket con su debida fecha de compra, ayer mismo.

La mirada de Rafael descendió verecunda y se perdió entre las baldosas del suelo de aquel garito. Pasaban los segundos. No sabía qué demonios debía contestar. Tenía ya pocas cartas que jugar. Parecía el fin. Se había ahogado en sus propias mentiras y estaba a punto de perder a la única persona que había confiado en él en mucho tiempo, quizás demasiado.

Al terminar sus palabras, Claudia vio que la mirada de su chico (entiendo que en ese momento aún lo era) se perdía en el suelo de aquella cafetería. Parecía haberle perdido para siempre. ¿Había sido demasiado dura? Cuando hemos tomado una decisión que valoramos como indiscutible e irreversible, ¿debemos ser tajantes sin posibilidad de vuelta atrás? 

Claudia pensó que sí. 

Y por eso se levantó de la silla. Por eso se acercó a un hombre abatido en su propia mierda por la vergüenza. Por eso besó su mejilla. Por eso le dijo: "gracias por haber aparecido en mi vida, he sido muy feliz". Por eso miró a la puerta de salida y comenzó a andar hacia ella. Por eso una lágrima (que a su vez lloraba también) cayó por su mejilla. Por eso salió del aquel sitio deseando correr aunque no tenía fuerzas para ello.

Por eso, aunque nunca más volvieron a verse, siempre llevaría esa preciosa pulsera de cuero pegada a su muñeca. Perenne. Como un tatuaje.