Poirot movió la cabeza.
—No basta con una lengua. También deberían tener ojos y oídos. Pero no esté demasiado seguro de que estas cosas inertes —tocó ligeramente la estantería al hablar— permanezcan siempre mudas. A veces me hablan: las sillas, las mesas, me envían su mensaje.

No sé si alguna vez han tenido la oportunidad de pensar que esa alfombra del suelo tiene vida, pero les aseguro que pensamos y sentimos igual que ustedes, a pesar de tener el cerebro y el corazón un poco pisoteado con tanto ir y venir.
No es que me moleste en exceso, al fin y al cabo debo aceptarlo y resignarme. Pero debo reconocer que sé que no quieren que se estropee el suelo, eso sí, nosotros no les importamos para nada. Y además hacemos una función decorativa, ¿verdad? Que tengo sentimientos, por favor. Váyanse al cuerno.
Estoy cansado de sus pisadas, hastiado de sus estúpidas conversaciones, desgastado por los laterales, extenuado de vivir, agotado, fatigado de no poder moverme ni de que no signifique nada para ustedes. Además, hoy, resfriado, porque se han dejado la ventana abierta y es un frío 12 de enero. Estoy harto, de vivir, pensar, sentir y permanecer. Y un vaso quizás puedes arrojarse tímidamente al vacío, si se lo propone y la situación es propicia. ¿Pero yo?
Pude haber sido un insecto, ya no pido haber nacido ser humano, pero al menos podría tener la capacidad de desplazarme, aunque la vida fuese más mísera que la que tengo probablemente. Pero no, me tuvo que tocar alfombra, y de las buenas, pero ni eso se valora.
Abraham Lincoln dijo una vez que "al final, lo que importa no son los años de vida, sino la vida de los años". Y es que en mi caso, lo mire por donde lo mire, no le veo el matiz positivo al asunto. Eso sí, el detective Poirot sabe que somos y no solo estamos, se agradece.